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sábado, 13 de febrero de 2016
LA MANO DE RAJOY
Esta foto de EFE refleja con más exactitud que mil palabras la necesidad de que Rajoy dé por concluida su carrera política. Quizás no vio la mano protocolaria de Sánchez y no fue consciente del desplante. Lo más probable es que fuese la arrogancia lo que le impidiera recordar un gesto automático que ha repetido miles de veces en su vida. Probablemente haya sido consecuencia del aislamiento social en el que lleva viviendo tanto tiempo.
Los políticos de larga trayectoria son víctimas de un tipo de marginación que, a diferencia de la que conduce directamente a la miseria, acrecienta su vanidad, su soberbia y, a menudo, su indecencia. La altivez de Rajoy es directamente proporcional a su obstinada negación de la verdad. No vio o no quiso ver la mano de Sánchez de la misma forma que no vio la corrupción de todos aquellos indeseables a los que señaló con determinación como ejemplos a seguir.
En mi opinión, más relevante que la mano solitaria del líder socialista es la mano del presidente, despreocupada, ajena a lo que tiene ante sí, exactamente igual que desde hace ya demasiado tiempo.
jueves, 14 de enero de 2016
ESPAÑA CAÑÍ
Hace cuarenta y
tantos años llevaba una hermosa melena. Recuerdo a mi padre, anclado en la
intolerancia de la época, poner a prueba mi integridad con advertencias serias
de expulsarme del hogar si no eliminaba de mi cabeza aquella aberrante
cabellera. Con el paso del tiempo se acostumbró y creo que los dos quedamos tan
felices: él con su peinado de caballero español y yo con el de joven
antisistema al que la vida debería domesticar.
Han pasado
tantos años que es imposible que no hayamos cambiado todos al menos un poco.
Sin embargo, siempre ha habido un ruido de fondo en nuestra sociedad por el
que, si se observa con detenimiento, se puede comprobar que discurre el sombrío
pasado.
Recuerdo que
alguien me contó hace mucho tiempo que las viejas orquestas de verbena, en cuyo
ADN llevaban grabado a fuego los ritmos más populares, cuando incorporaron el
pop y el rock a su repertorio atendiendo la demanda de los jóvenes, mantenían
en un plano casi inaudible el compás del pasodoble. Algo así sucede también en
los usos y costumbres de esta España que se resiste a dejar de ser cañí.
Seguramente
esta es una de las razones por las que hay tanta gente que ve con desprecio, e
incluso asco, que un político lleve rastas o coleta. Hay un ritmo obstinado y
rancio que les impide entender que han sido individuos con corbata y
damas con vestidos de marca las que les han robado durante décadas. Pero,
puestos a elegir, parece que prefieren al corrupto antes que arriesgarse a ser
representados por individuos con un aspecto que no es de fiar porque no se
atisba en ellos, por más atención que se preste, ni el más mínimo indicio del
familiar pasodoble.
Mi vieja e
irrecuperable melena juvenil no era solo una elección estética, sino un claro
gesto de rebeldía ante una sociedad a la que rechazaba tanto como ella a mí.
Como todavía no soy ni tan mayor ni tan cínico como para olvidarme de aquello,
no puedo evitar ver con respeto a quienes tienen la capacidad de escandalizar a
los se niegan a aceptar que cada generación tiene derecho a soñar su
propio mundo. Un mundo con otra banda sonora, sin pasodobles, y que quizás
algún día sonará a otros jóvenes como algo parecido a un pasodoble.
jueves, 15 de enero de 2015
LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y CINISMO POLÍTICO
No les falta razón a los
que lamentan que para que se defienda, sin matices, la libertad de expresión,
hayan tenido que morir 12 personas. Es como si esa libertad irrenunciable
cobrara un valor especial al teñirse de sangre, cuando en realidad es la vida de
cada uno de los que la practican y respetan diariamente la que le da todo su
sentido. La muerte solo nos demuestra, ni más ni menos, que son seres humanos,
frágiles y valientes, los que a menudo la ejercen. Es por tanto en vida de
quienes la practican públicamente, ya sea desde el periodismo, la política o la
calle, cuando es más necesario preservarla.
Se ha calificado de
cínicos a los líderes políticos que acudieron a la manifestación de París y que
hicieron suyo el ya histórico “Je suis Charlie”. Gobernantes que legislan
contra los intereses legítimos de sus conciudadanos y que han aprovechado la
crisis económica para cercenar muchos de sus derechos. Pero no son los
políticos los únicos cínicos en escena.
Las libertades de
expresión e información corren peligro a diario desde siempre ante la pasividad
política, social y profesional. Algunos periodistas (demasiados), venden sus
servicios a intereses empresariales y políticos sin ningún pudor; y lo hacen en
tal medida que a la mayoría de la gente ya le parece normal y, por tanto,
legítimo. Pero no es así. No está más justificado en la prensa que en la
política, donde ya la sociedad parece que ha comenzado a reaccionar. Un
periodista que miente o manipula una noticia es como un juez prevaricador o un
político corrupto. Ni más ni menos. Y el consumidor de ese tipo de información,
por llamarla de alguna manera, que la acepta porque va bien a sus intereses
materiales o ideológicos, es cómplice de esa podredumbre.
Chalie Hebdo es un ejemplo
extremo de la práctica del derecho a la libertad expresión. La función de este
tipo de publicaciones es precisamente poner a prueba el sistema y a los
ciudadanos. Nos plantean hasta qué punto creemos que esa libertad debe ser
protegida y si también la aceptamos cuando su contenido nos desagrada. Esa es
la prueba de fuego a la que nos someten y, desgraciadamente, en la que algunos sucumben.
Baste recordar la censura reciente de El Jueves tras la abdicación de Juan
Carlos I y que impuso la empresa editora de la revista, o la famosa portada de
Felipe y Letizia practicando sexo y que un juez retiró de los quioscos.
La diferencia entre la intransigencia
de unos y otros está en el procedimiento que utilizan para cercenar la libertad.
Pero no debemos olvidar que ambos comparten un mismo origen: la intolerancia. Es
demagógico limitar nuestras responsabilidades al respeto a la vida (¡faltaría
más!), como un valor que nos exime de cualquier otro compromiso. No es eso ya
lo que esperamos de nuestro modelo democrático. Lo que debemos exigir, como
lección suprema de la infame masacre de París, es que la libertad de expresión esté
permanentemente protegida, y que sus únicos enemigos, nunca los que la sometan,
sean solo los asesinos.
martes, 23 de julio de 2013
POLÍTICOS SIN HONOR
Hacer lo contrario de lo que se promete, faltar a la palabra, mentir... Lo que antes se llamaba "persona de honor" es un modelo trasnochado que ningún político presenta ya como su principal virtud. Antes se daba por hecho que cualquier persona que hiciera una promesa, por humilde que fuera, empeñaba en ella su palabra, su dignidad.
Cuando se habla de pérdida de valores, pocas veces se pensará en el daño que causa a la sociedad, no solo en el ámbito de lo público, que nuestros representantes políticos se denigren cada día a sí mismos mediante una estrategia basada en el engaño impune y premeditado. Me resulta imposible saber si su actitud es el reflejo de una realidad social o es una práctica política que ha acabado impregnando a los ciudadanos que deciden apoyarlos en cada proceso electoral. No sería disparatado considerar que es fruto, en gran medida, del mensaje que transmiten sus líderes y algunos medios de comunicación, mediante el que se acepta, tácitamente, que cada partido tiene derecho a una cuota de corrupción en función de la que tenga su rival.
Los periodistas que a menudo hablamos en privado con políticos, sabemos bien que su discurso público difiere a menudo de lo que nos cuentan. Y lo hacen sin remordimientos, con naturalidad, como si ese comportamiento indecente formara parte de las reglas de un juego basado en la trampa y el engaño. Su prioridad es no hacer ningún movimiento que perjudique su carrera.
Encontramos entre ellos incumplimientos de gestión, como ha ocurrido con el PP tras las últimas elecciones y con el final de la etapa socialista de Zapatero, pero también una renuncia expresa a los principios. Rajoy ha terminado haciendo lo opuesto de lo que cabía esperar de él subiendo impuestos y asfixiando la economía. Zapatero terminó sus días como presidente dando los primeros pasos hacia un deterioro grave del estado del bienestar. Ambos tomaron decisiones que perjudicaban a los ciudadanos y beneficiaban a los poderes financieros. Y Rajoy continúa haciéndolo.
Más allá de lo que el incumplimiento de su palabra haya deslegitimado a ambos para gobernar, su forma de proceder es objetivamente indigna. Invocar intereses superiores a los del pueblo para faltar a la palabra evidencia, además de deshonor, que la democracia es la excusa perfecta de los poderes fácticos para mantener o ampliar sus privilegios. El daño que causa esta forma de gobierno afecta, en consecuencia, a la credibilidad del propio sistema y a la confianza del proyecto común que debe representar un estado.
Si a lo económico y al quebranto de la palabra añadimos la impunidad con la que actúan políticos corruptos o bajo serias sospechas de corrupción; el control del Gobierno sobre órganos judiciales; la negativa a asumir responsabilidades políticas por hechos de extrema gravedad, como la presunta financiación ilegal del PP o los ERE de Andalucía; la falta de democracia interna de los partidos; la intervención sobre los medios de comunicación públicos; el empecinamiento de PSOE y PP en mantener una ley electoral que margina a los partidos minoritarios y desprecia los votos de millones de ciudadanos... Si a la crisis económica sumamos todo esto, es razonable pensar que solo una catarsis podría devolvernos la esperanza.
Es imprescindible que se reforme el sistema de arriba a abajo, como en esa segunda transición que este país merece y necesita. Cambios que permitan a los ciudadanos participar activamente en política, que impidan a las mayorías absolutas legislar sobre pilares básicos de nuestro modelo social, como son la educación, la sanidad, la justicia, los derechos laborales, etc. Porque es inadmisible que un solo partido, al más puro estilo totalitario e incumpliendo su programa electoral, pueda romper con décadas de conquistas sociales y producir tasas de paro de posguerra para beneficiar al poder económico y, lo que es peor, en cumplimiento de sus órdenes.
La crisis económica ha demostrado que nuestra democracia, como otras muchas en Europa, es fraudulenta. Ha constatado que nuestros gobernantes son títeres de grupos de presión que defienden exclusivamente intereses privados. El PP ha ampliado la senda abierta por el PSOE, pero es a los socialistas a los que cabe la dehonra de haber sumido a la ciudadanía en la desesperanza.
Ningún país democrático que se precie toleraría que su presidente no asuma la responsabilidad de haber respaldado, tras su imputación judicial, al extesorero de su partido; de haberle pagado los abogados para intentar que no trascendiesen las presuntas irregularidades de su financiación o los sobresueldos en B que habría cobrado el propio presidente; de mantener su sueldo millonario, coche oficial, secretaria y despacho; de decir al presunto delincuente "hacemos lo que podemos, sé fuerte...".
Y todo esto tiene su origen en lo que decía al principio de este artículo: la falta de honor de nuestros políticos. Al final, la putrefacción colectiva tiene su origen en la actitud individual, en los silencios y las mentiras. En los diputados socialistas que aplaudieron a Zapatero cuando propuso las primeras medidas contra el pueblo y en los diputados populares que callan ante asuntos que les provocarían la máxima repugnancia si se produjeran en cualquier otro partido.
La transformación necesaria pasa por una renovación a fondo de los partidos, de su apertura a la sociedad mediante la participación de los mejores y de la renuncia inmediata a la política como profesión. A partir de ahí, el nuevo perfil de nuestros representantes deberá ser el de personas que se respeten a sí mismas, que actúen siempre en defensa de los derechos de los votantes y no de sus propios intereses, que consagren su vida pública al cumplimiento de sus principales compromisos y que estos sean responsables y realistas. En definitiva, se buscan ciudadanos honorables. Es urgente.
Cuando se habla de pérdida de valores, pocas veces se pensará en el daño que causa a la sociedad, no solo en el ámbito de lo público, que nuestros representantes políticos se denigren cada día a sí mismos mediante una estrategia basada en el engaño impune y premeditado. Me resulta imposible saber si su actitud es el reflejo de una realidad social o es una práctica política que ha acabado impregnando a los ciudadanos que deciden apoyarlos en cada proceso electoral. No sería disparatado considerar que es fruto, en gran medida, del mensaje que transmiten sus líderes y algunos medios de comunicación, mediante el que se acepta, tácitamente, que cada partido tiene derecho a una cuota de corrupción en función de la que tenga su rival.
Los periodistas que a menudo hablamos en privado con políticos, sabemos bien que su discurso público difiere a menudo de lo que nos cuentan. Y lo hacen sin remordimientos, con naturalidad, como si ese comportamiento indecente formara parte de las reglas de un juego basado en la trampa y el engaño. Su prioridad es no hacer ningún movimiento que perjudique su carrera.
Encontramos entre ellos incumplimientos de gestión, como ha ocurrido con el PP tras las últimas elecciones y con el final de la etapa socialista de Zapatero, pero también una renuncia expresa a los principios. Rajoy ha terminado haciendo lo opuesto de lo que cabía esperar de él subiendo impuestos y asfixiando la economía. Zapatero terminó sus días como presidente dando los primeros pasos hacia un deterioro grave del estado del bienestar. Ambos tomaron decisiones que perjudicaban a los ciudadanos y beneficiaban a los poderes financieros. Y Rajoy continúa haciéndolo.
Más allá de lo que el incumplimiento de su palabra haya deslegitimado a ambos para gobernar, su forma de proceder es objetivamente indigna. Invocar intereses superiores a los del pueblo para faltar a la palabra evidencia, además de deshonor, que la democracia es la excusa perfecta de los poderes fácticos para mantener o ampliar sus privilegios. El daño que causa esta forma de gobierno afecta, en consecuencia, a la credibilidad del propio sistema y a la confianza del proyecto común que debe representar un estado.
Si a lo económico y al quebranto de la palabra añadimos la impunidad con la que actúan políticos corruptos o bajo serias sospechas de corrupción; el control del Gobierno sobre órganos judiciales; la negativa a asumir responsabilidades políticas por hechos de extrema gravedad, como la presunta financiación ilegal del PP o los ERE de Andalucía; la falta de democracia interna de los partidos; la intervención sobre los medios de comunicación públicos; el empecinamiento de PSOE y PP en mantener una ley electoral que margina a los partidos minoritarios y desprecia los votos de millones de ciudadanos... Si a la crisis económica sumamos todo esto, es razonable pensar que solo una catarsis podría devolvernos la esperanza.
Es imprescindible que se reforme el sistema de arriba a abajo, como en esa segunda transición que este país merece y necesita. Cambios que permitan a los ciudadanos participar activamente en política, que impidan a las mayorías absolutas legislar sobre pilares básicos de nuestro modelo social, como son la educación, la sanidad, la justicia, los derechos laborales, etc. Porque es inadmisible que un solo partido, al más puro estilo totalitario e incumpliendo su programa electoral, pueda romper con décadas de conquistas sociales y producir tasas de paro de posguerra para beneficiar al poder económico y, lo que es peor, en cumplimiento de sus órdenes.
La crisis económica ha demostrado que nuestra democracia, como otras muchas en Europa, es fraudulenta. Ha constatado que nuestros gobernantes son títeres de grupos de presión que defienden exclusivamente intereses privados. El PP ha ampliado la senda abierta por el PSOE, pero es a los socialistas a los que cabe la dehonra de haber sumido a la ciudadanía en la desesperanza.
Ningún país democrático que se precie toleraría que su presidente no asuma la responsabilidad de haber respaldado, tras su imputación judicial, al extesorero de su partido; de haberle pagado los abogados para intentar que no trascendiesen las presuntas irregularidades de su financiación o los sobresueldos en B que habría cobrado el propio presidente; de mantener su sueldo millonario, coche oficial, secretaria y despacho; de decir al presunto delincuente "hacemos lo que podemos, sé fuerte...".
Y todo esto tiene su origen en lo que decía al principio de este artículo: la falta de honor de nuestros políticos. Al final, la putrefacción colectiva tiene su origen en la actitud individual, en los silencios y las mentiras. En los diputados socialistas que aplaudieron a Zapatero cuando propuso las primeras medidas contra el pueblo y en los diputados populares que callan ante asuntos que les provocarían la máxima repugnancia si se produjeran en cualquier otro partido.
La transformación necesaria pasa por una renovación a fondo de los partidos, de su apertura a la sociedad mediante la participación de los mejores y de la renuncia inmediata a la política como profesión. A partir de ahí, el nuevo perfil de nuestros representantes deberá ser el de personas que se respeten a sí mismas, que actúen siempre en defensa de los derechos de los votantes y no de sus propios intereses, que consagren su vida pública al cumplimiento de sus principales compromisos y que estos sean responsables y realistas. En definitiva, se buscan ciudadanos honorables. Es urgente.
lunes, 15 de julio de 2013
RAJOY Y LA TRADICIÓN DE NO DIMITIR
La crítica situación que vive
Mariano Rajoy pone sobre la mesa la evidencia, una vez más, de que la cultura
democrática española deja mucho que desear. Sin embargo, ha habido políticos
españoles que han afrontado situaciones críticas de una manera correcta, aunque
es verdad que no sin cierta resistencia.
Entre las más recientes está
la del expresidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps, curiosamente
forzado a hacerlo por el propio Rajoy. "Yo creo que hoy nadie quiere más al Partido Popular y a
España que Francisco Camps. Nos ha dado a todos una lección de saber
estar en política y de saber dar un paso atrás". Lo dijo el vicesecretario
general del PP, Esteban González Pons. Ahora dice sobre Bárcenas, sus
acusaciones al presidente y al partido que “no se puede hacer el juego a un
presunto delincuente frente al Gobierno de España”. Camps justificó su retirada
como un sacrificio a favor de Rajoy a pesar de ser inocente. Quizá esperaban un
gesto así del extesorero.
En el caso valenciano,
relacionado con el caso Gürtel y en el que ya estaba presente Bárcenas, el PP
actuó más para proteger al candidato Rajoy que por principios democráticos, tal
y como se demuestra ahora. La situación del presidente del Gobierno y del
Estado es infinitamente más grave que la de Camps y sus “ridículos” trajes.
Quizá no es casualidad que sea
tan difícil encontrar políticos del PP de cierta relevancia que hayan decidido
dejar sus cargos. Habría que recordar a Manuel Pimentel, que dimitió como
ministro de Trabajo al considerarse políticamente responsable de la actuación
de uno de sus colaboradores. Ahora, sin embargo, nadie se considera comprometido
por haber nombrado y amparado durante décadas a un “delincuente” que hasta hace
poco era un trabajador ejemplar con una estrechísima relación con la cúpula
popular y el mismo Rajoy.
Encontramos más casos
relevantes en el PSOE: Fernárdez Bermejo, Narcís Serra, García Vargas, Vicente
Albero, Antoni Asunción, José Luis Corcuera, García Valverde o Alfonso Guerra.
Todos ellos abandonaron sus cargos por considerarse políticamente responsables
de actuaciones reprobables, no por decisiones judiciales. Ninguno de estos casos alcanzaba la gravedad actual.
Tampoco podemos olvidar la
actuación de dos presidentes del Gobierno: Adolfo Suárez y Felipe González. Suárez
dimitió al considerar que no podía seguir ante la falta de apoyo de su propio
partido. Felipe González decidió convocar elecciones anticipadas tras
producirse numerosos y graves casos de corrupción, aunque nunca asumió
responsabilidades políticas por ninguno de ellos.
No parece que Rajoy tenga
muchas más alternativas que las que ya se han dado en nuestra democracia. Ese “hacemos
lo que podemos”, que escribió a Bárcenas desde su móvil, es una losa demasiado
pesada para cualquiera, incluso para él.
sábado, 2 de febrero de 2013
RAJOY Y EL SITIO DE SU RECREO
Para Mariano Rajoy, el tiempo es
un aliado, es viento a favor. Su peculiar forma de afrontar los problemas sin
tomar decisiones, sin dar la cara, negándolos siempre y ocultándose de las
incómodas preguntas de los periodistas, viene de antiguo y es improbable que
pueda cambiar, como él mismo ha confirmado hoy ante el Comité Ejecutivo del
Partido Popular.
Rajoy ha lanzado un mensaje de
transparencia desde la opacidad de un acto en el que no se ha permitido a los
periodistas formular preguntas. Y hay que recordar ahora que ya cuando Garzón
sacó a la luz el caso Gürtel, cuando todavía Rajoy era líder de la oposición,
en 6 meses no aceptó enfrentarse a la prensa ni una sola vez.
Quizá los motivos por los que adopta
esta táctica ultradefensiva son la consecuencia de su limitada capacidad
dialéctica. Su torpeza ha quedado de manifiesto muchas veces, como aquella en
la que, por no entender su propia letra, pareció incapaz de explicar las políticas
del PP para los jóvenes. Por tanto, no creo que sea ningún disparate pensar que
su curiosa forma de administrar los tiempos sea, en buena parte, la expresión
de sus propias limitaciones como líder político.
Hay que recordar que la marea
negra del Prestige fueron para él simples “hilillos” de petróleo, y que en el
caso Gürtel todos han sido inocentes para él, incluidos Camps y Bárcenas. "Yo
quiero un Gobierno como el que preside Jaume Matas en Baleares", dijo en
su día. Así que ahora también “todos” están limpios, incluida Ana Mato. Y afirmar
que en el PP no hay dinero negro, cuando las investigaciones indican justamente
lo contrario y el pasado nos recuerda a Naseiro, es inútil. Rajoy lo sabe y
volverá al silencio, el sitio de su recreo.
Foto: Europa Press
lunes, 16 de enero de 2012
FRAGA: ¿PASIÓN POR LA LIBERTAD?
La muerte de Manuel Fraga Iribarne me lleva a recordar, además de todo cuanto se está diciendo de él, lo que significó para la libertad de expresión e información en Galicia durante su largo período como presidente de la Xunta. Casi todas las reseñas que encontramos sobre su amplia biografía destacan su papel como aperturista del Franquismo por haber propuesto la Ley de Prensa. Me llama la atención que el presidente Rajoy haya destacado de Fraga su “pasión por la libertad”. Se puede y se deben destacar de su carrera algunos aspectos positivos, como el de integrar en el sistema democrático a muchos franquistas, su apuesta por la democracia en el Golpe del 23-F o su defensa de las autonomías. Pero no se puede decir esto sin recordar inmediatamente que muchas de sus actitudes, casi siempre contradictorias, fueron profundamente antidemocráticas: nunca condenó el Franquismo ni las dictaduras de Argentina y Chile; creyó en su día que las autonomías rompían la sagrada unidad de España o que la legalización del Partido Comunista era un golpe de estado.
Si Fraga era el progresista del Franquismo, no se puede decir que lo haya sido de la democracia. Como presidente de la Xunta dirigió una política feroz contra la libertad de información en Galicia. Durante su mandato no hubo un solo medio de comunicación gallego sobre el que no ejerciera un control férreo o lo intentara. Durante la crisis del Prestige, que acabó siendo su tumba política, sólo el grupo Prisa y Tele 5 ofrecían información veraz. Al margen de medios escritos de escasa influencia, surgieron en Internet algunos medios digitales que se convirtieron en una de las pocas fuentes informativas gallegas en las que se podía encontrar la verdad de lo que ocurría. Llegó a tal extremo ese control informativo que dirigía Jesús Pérez Varela (al que todos llamaban el “pequeño Goebbels”), que algunos periodistas escribían con seudónimo en esos medios marginales lo que no les permitían contar en sus empresas. No había en Galicia ni un solo periódico que pudiera trabajar con esa libertad por la que Fraga tenía pasión, según Mariano Rajoy.
Las radios y televisiones públicas fueron un modelo de manipulación comparable sólo a las de una dictadura. La RTVG era el Nodo gallego y no creo que nadie en su sano juicio pueda decir lo contrario. Desde la llegada de Aznar a la Moncloa, RTVE se convirtió en una réplica exacta de la gallega. Estaba expresamente prohibido reproducir imágenes de Fraga andando para ocultar su cojera. Estaba prohibido hablar de “marea negra” durante el Prestige. Estaba prohibido contar la verdad de las vacas locas…
Fueron años oscuros para el periodismo y, por tanto, para la libertad de los gallegos. La única pasión que se vislumbraba en la Xunta de Fraga era la pasión por esconder la realidad. Pérez Varela realizaba un minucioso seguimiento de la información. Misteriosamente, los medios digitales sufrían ataques de hackers que los dejaban fuera de circulación durante días y sus editores y colaboradores recibían presiones. La caza de brujas duró demasiados años sin que en el resto de España se enterase casi nadie de lo que ocurría. Las listas negras de la RTVG fueron sólo la punta del iceberg, el principio de una obsesión en la que estuvo acompañado por numerosos periodistas y políticos sin escrúpulos.
Hablar de Manuel Fraga sin recordar su faceta de censor en democracia sería una injusticia, como también lo sería no recordar que, pese a ello, fue derrotado en las urnas.
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